Cuando llegaron al refugio de animales, estaban cansados tras haber caminado cerca de kilómetro y medio en plena hora pico y bajo un calor intenso. La encargada los recibió y les sugirió que se sentaran para conversar y responder algunas preguntas. El hombre pidió permiso para permanecer de pie, porque su columna se estaba colapsando; estar erguido le resultaba menos doloroso.
La encargada se preguntó por qué querían un perro a pesar de tener ya dos gatos y un perro pequeño. Ellos le hablaron de la muerte de su perro, Missa Him, y de cómo el vacío en sus corazones ocupaba casi toda su cama; cada noche caían en él y el sueño no llegaba. En pocas palabras, estaban tristes y deseaban otro perro grande al que amar en estos tiempos de gente aparentemente indiferente.
No lo decían, pero en su interior se sentían muy unidos a los animales. El hombre llegó a la conclusión, tras reflexionar sobre ello, de que tal vez albergaba en su cuerpo células con una importante carga genética canina. Su esposa, en cambio, parecía sentirse más atraída por los felinos, como si estuviera en un trance sonambúlico. Todo esto planteaba una pregunta: ¿podrían hallarse fragmentos de ADN de perro y gato, imperceptiblemente diminutos, entretejidos en algún lugar de la memoria y la carne de su pasado prehistórico?
¿Era esa la causa de sus sentimientos en aquel lugar y en aquel momento?
Entraron en las instalaciones en las que se alojaba una treintena de perros y gatos. Al entrar, todos los perros comenzaron de inmediato a ladrar, aullar, gemir y arañar la valla metálica de sus pequeños recintos. Querían salir. Querían que alguien los salvara. Eso fue lo que el hombre escuchó.
Mientras recorría la hilera, pensó que aquello era un campo de refugiados para perros. Al igual que los refugiados humanos, habían sido rechazados y maltratados, y habían logrado sobrevivir al veneno, al hambre, a las enfermedades y a hombres armados. Habían huido de jaurías y esquivado coches y piedras, solo para acabar en unos pocos metros cuadrados de hormigón y vallas. Confusos sobre su paradero, aullaban y gemían reclamando algo distinto. Quizás no exactamente un hogar perdido —pues a veces los hogares eran lugares difíciles—, pero sin duda algo mejor que aquello. Ese era el problema inmediato.
Por supuesto, estaban mejor allí que en la calle; sin embargo, algunos perros nunca salían del refugio y morían lentamente. En otras perreras o refugios, los habrían sacrificado si nadie los adoptaba.
La pareja se alegraba de que aquel no fuera un centro de sacrificio.
Pidieron ver a María. Era una perra tipo collie, blanca y negra. Tenía el pelo largo y sedoso y, al entrar en el pequeño recinto al aire libre donde ellos estaban sentados, saltó de inmediato a los brazos de la mujer.

María estaba visiblemente eufórica por entrar en contacto con un ser humano. Era una perra exuberante y juguetona —lo cual normalmente era algo muy bueno—, pero existía el temor de que saltara y tirara al suelo al hombre, quien sufría problemas de columna. No sería culpa suya, pero podía ocurrir, así que decidieron no quedarse con María. El hombre le sostuvo la cara entre las manos, le acarició la barbilla y le dijo que lo sentía mucho, pero que no podían llevársela a casa.
Ya se marchaban cuando el hombre se fijó en un pequeño grupo de jaulas apartado del conjunto principal de perros. Oculta entre las sombras había una perra llamada Snickers. Era más pequeña que María y estaba terriblemente delgada; la típica perra callejera mexicana. Sus rasgos recordaban un poco a los de Missa Him y estaba profundamente traumatizada. Sin pensárselo demasiado, acordaron llevársela. El encargado se alegró mucho, ya que era poco probable que Snickers fuera adoptada.
Así comenzó la historia de amor con Snickers, quien adoptó el nombre aspiracional de Happy. El hombre y la mujer tuvieron que adaptarse a sus parálisis, a sus exigencias irracionales y a sus estados de ánimo impenetrables y temerosos: aquellas visitas nocturnas al dormitorio para despertarlos sin motivo aparente, trepando a arañazos hasta acomodarse a los pies de la cama. Su personalidad era como pequeños relámpagos interiores que podían surgir de forma imprevista.
Ella era una casa de espejos emocionales.
A lo largo de dos años, su familia de gatos y perros se fue uniendo más, pero a veces hablaban de María. Se preguntaban qué habría sido de aquella perra rebosante de vida, aunque temían contactar con el refugio para averiguarlo. No soportaban la idea de recibir malas noticias sobre ella. Sin embargo, el hombre recordaba a veces cómo sostenía la cabeza de la perra entre sus manos y cómo miraba fijamente sus pupilas, buscando su propio reflejo en el fondo de aquellos ojos, allí donde se arremolinaba el alma de ella.
Traducido por Andrea Martín Muñoz de Cote, voluntaria de Amigos de los Animales

