
Desde temprano escuché un maullido persistente, sonaba chiquito. Vivíamos en un departamento y asumí que lxs vecinxs habían adoptado algún nuevo gatito, pero al caer la noche el maullido seguía insistiendo. Salí y me encontré con la hambrienta criatura que después nombraríamos Cochi (de Biz-cochito, porque estaba bizco y la higiene le era ajena).
No teníamos nada listo para recibirlo, así que le dimos de comer una lata de atún y lo dejamos partir, al día siguiente conseguimos un arenero, unas croquetas y esperamos que volviera. Efectivamente regresó y nos acompañamos hasta el fin de sus días.
Desarrollamos de forma casi inmediata una relación muy fuerte, una manera muy particular de entendernos, una confianza que lo llevaba a amasar y ronronear cada vez que nos veía y a acudir maullando cuando lo llamábamos por su nombre impuesto. Su presencia nos trajo el placer de acariciarlo y la calma inherente de su compañía. Como toda relación, ésta también estaba llena de contradicciones, conflictos y malentendidos ligados al hecho de que el Cochi y yo, a pesar de ser muy cercanos, pertenecíamos a especies diferentes; vivíamos, pensábamos, percibíamos y comunicábamos el mundo de manera diferente.

Cochi era uno de los muchos seres no-humanos con los que he tenido el privilegio de compartir mis días, y pensar en él y en la intimidad compartida me recuerda a la noción de “especies de compañía” propuesta por Donna Haraway. Para esta autora, las “especies de compañía” comprenden la gran diversidad de seres que posibilitan la vida humana y no-humana, es decir, los hongos, levaduras, bacterias, virus con los que cohabitamos y que nos habitan, los animales y plantas con los que nos alimentamos y que permiten nuestra subsistencia y, claro, las especies que, más tradicionalmente, solemos considerar “de compañía”.
La idea de que nos hacemos compañía y nos necesitamos mutuamente cuestiona la forma usual de pensar en los seres no humanos como recursos u objetos que existen para nuestro servicio. En el ejemplo de nuestra relación con el Cochi, esta mutua dependencia iba mucho más allá de la necesidad de alimento y se convertía en una interdependencia emocional que nos brindaba seguridad, calor y calma.

Pensando a los seres no humanos como compañeros podemos tratar de construir relaciones distintas con todo lo que nos rodea, dejar de ver a los otros como recursos a nuestra disposición y comenzar a cuestionar el posicionamiento de lo humano como el centro de lo existente. En momentos como el actual en el que enfrentamos a una crisis climática que ya ha provocado extinciones masivas. esta transformación en el pensamiento puede ser de vital importancia. Por esto, te invitamos a preguntarte ¿Cómo te relacionas con los seres no-humanos que te rodean? ¿Cómo puedes transformar estas relaciones?

